A inicios de esta década, los biocarburantes se vieron como la gran alternativa para dejar de depender del petróleo. Pero hoy están siendo duramente cuestionados ya que encarecerían el precio de los alimentos. A continuación, el panorama en Chile y en el mundo de los biocombustibles.
Brasil es potencia regional. Y aspira a convertirse de una vez por todas en una nación líder en el mundo. Razones tienen de sobra: un enorme mercado, gran influencia política en Latinoamérica y es una economía emergente tan importante como India. Bueno, los brasileños no se quedan ahí y anhelan ser los cabecillas planetarios en el uso de biocombustibles.
En noviembre próximo, Sao Paulo será la sede de una conferencia internacional sobre biocarburantes que reunirá a 190 países. La cita se extenderá por cinco días y la "intención es convencer a todo el mundo sobre la sustentabilidad de combustibles vegetales", expresaron desde el Ministerio de Medio Ambiente de Brasil.
Eso sí, la tarea no es nada fácil. Cada día aparecen más detractores de los biocombustibles.
¿Maíz como bencina?
Se denomina biocombustibles a cualquier tipo de carburante que provenga de procesos biológicos y pueden sustituir parte del consumo de combustibles fósiles como el petróleo.
A nivel mundial, los más usados son el bioetanol -que se obtiene del maíz y la caña de azúcar, principalmente- y el biodiésel -producido en base a a aceites vegetales-. Brasil y Estados Unidos son los mayores productores en el primer caso, mientras que Alemania es el principal fabricante de biodiésel.
El bioetanol produce un 13% menos de gases de efecto invernadero que la gasolina y los costos son abismalmente más baratos. En Brasil, es posible producir un barril de este combustible por un precio de entre US$30 a US$35, mientras que el barril de petróleo cuesta actualmente más de US$115.
Así, a pasos aventajados los biocombustibles han ganado terreno. De hecho, desde este año en la Fórmula Uno es obligatorio para las escuderías utilizar un 5% de este tipo de carburantes.
El panorama chileno
Una preocupación fundamental ha mostrado el gobierno de Michelle Bachelet en que Chile logre una independencia energética en un mediano plazo. Ahí, la importancia de los biocombustibles es fundamental.
Por este motivo, nuestro país firmó este año un acuerdo de cooperación con Brasil para hacer un traspaso de la experiencia que tiene este país. Incluso, el ministro de Energía Marcelo Tokman ha viajado numerosas veces a Brasilia para conocer la realidad brasileña.
Otro gran impulsor de la fabricación de biocarburantes en Chile fue el ex ministro de Agricultura Álvaro Rojas. Durante su permanencia en la cartera, Rojas elaboró un documento de 140 páginas llamado "Contribución de la política agraria al desarrollo de los biocombustibles en Chile", donde se exponen y analizan los pro y los contra de la elaboración de éstos en territorio criollo.
En materia legal, hay una norma que está en la Contraloría que autoriza el uso de biombustibles en mezclas de hasta 5%, en los motores de vehículos.
Además, existe una resolución que exime del impuesto específico que tienen los comburentes de origen fósil.
Actualmente existen tres empresas que iniciaron experiencias pilotos con la utilización del biodiésel. La más interesante es el intento de Pullman Bus. Desde el año pasado que esta compañía incorpora un 5% de biodiésel -elaborado con aceites reciclados de procesos industriales- en los estanques de sus máquinas.
También, en 2006 Enap formó una alianza con la italiana de Enel para investigar sobre la factibilidad de producir biocombustibles aquí. Se ha explorado en la I, VII y VIII regiones. ¿Más? La Universidad de Concepción busca obtener bioetanol usando paja de trigo y rastrojos de maíz, mientras la Universidad de la Frontera investiga la elaboración de este comburente en base a raps. En Osorno, la Universidad de Los Lagos estudia si la grasa animal puede utilizarse como materia prima.
Según cálculos de la Universidad Federico Santa María producir biotenaol de maíz, en estos momentos, costaría alrededor de medio dólar el litro en nuestro país. El problema, según fuentes del ministerio de Agricultura es que en Chile hay una escacez de terrenos agrícolas cultivables.
Y, ¿cómo llegaría Chile a la cumbre de Sao Paulo en noviembre? Desde la cartera de Agricultura y la Comisión Nacional de Energía apuntan que durante este año debería ver la luz la "Política Nacional de Biocombustibles, que incluya para nuestra realidad la institucionalidad y la normativa necesarias para el desarrollo de esta nueva industria".
¿Comida o combustibles?
Más limpios, renovables y más baratos. Como vimos, ésas son las ventajas que muestran los biocombustibles. Pero también asoma la cara agria de esta nueva forma de energía.
Y las críticas, que han surgido en el último año, son lapidarias. El portavoz de Naciones Unidas para el Derecho a la Alimentación, Jean Ziegler declaró que la producción masiva de biocombustibles es un "delito contra la humanidad".
¿La razón de tan tajante afirmación? "Los alimentos tienden a encarecerse porque se utilizan tierras y recursos a producir combustible", dijo Ziegler. Fácil, o sea, es muchísimo más rentable utilizar la tierra cultivable para que el trigo, el maíz o las semillas sean empleados en producir carburantes vegetales que esos mismos productos sean consumidos como alimentos.
En base a datos entregados por la ONU y el Fondo Monetario Internacional, durante los últimos dos meses el precio del arroz alcanzó precios nunca antes vistos, incrementando su valor en un 75%, mientras que el trigo aumentó su precio en un 120% con respecto al año anterior. ¿Más? Claro, y afírmese. El Banco Mundial estima que en los últimos tres años los precios de los alimentos en general han aumentado un 83%.
Y las relaciones son escalofriantes. Según la ONU, los 200 kilogramos de maíz que se necesitan para elaborar 50 litros de bioetanol -que llenan el tanque de un automóvil promedio- alcanzan para alimentar a una persona durante un año. "Es inaceptable que la creciente producción de biocombustibles conduzca a más hambre", afirma en un comunicado la ONU.
Por esto, los carburantes vegetales de segunda generación, como se denomina a los que se obtienen de materias lignocelulósicas, que son los rastrojos agrícolas como la caña de maíz, paja de trigo, pastos, hierbas, madera y residuos de la industria forestal.
|





